Justicia solo hay una.

¿Qué es lo justo? Es una de las grandes preguntas que trae la modernidad. Concepto claro para las sociedades tradicionales y confuso en las modernas.

La Justicia es simple: es ciega y equilibrada. Que es ciega, se debe a que no es sentimentalista, reaccionaria ni se deja llevar por las apariencias. Y equilibrada, porque da y recibe según lo merecido. Por tanto, aquí radica una de las más importantes diferencias de la verdadera Justicia y la (in)justicia moderna.

La verdadera Justicia busca la compensación basada en los hechos y el potencial o esfuerzo ejercido en él. Por tanto, no es igualitaria, sino que se basa en la diferencia. Por ejemplo, el hecho de robar 1.000 euros ¿el daño potencial es el mismo que se lo roben a un millonario que a un mileurista? Obviamente no, puesto que las repercusiones en el primero puede ser efímeras mientras que en el segundo son vitales.

Según la (in)justicia moderna, basada en el concepto igualitarista, no es ni reparadora ni tampoco busca compensar el daño completo causado, sino la reinserción del reo en la sociedad y la constante reeducación de la sociedad, constituyendo por tanto un artificio legal, donde lejos de proteger al débil busca o provoca, la protección del corrupto, del ladrón, del violador o del asesino incluso.

Esto es debido a otro concepto en el que el ser humano es bueno de naturaleza, pero existen descarríos dentro de la sociedad que provocan que el individuo se “desvíe” ejerciendo acciones socialmente impropias o inaceptables. En definitiva, no es el individuo sino la sociedad quien está en deuda con el propio malhechor.

Otro concepto de la (in)justicia moderna es el reparto de bienes y el reconocimiento. En la sociedad igualitarista, los hechos son ajenos a la persona, su poder e influencia. Por tanto, favorece al poderoso, al rico y a quien maneja y hace las leyes. Así, por ejemplo, a la hora de repartir bienes o beneficios, se basan en conceptos etéreos en vez de hechos reales.

Veamos varios ejemplos de tal injusticia: actualmente se está diseñando una ayuda a los pobres, pero la definición de “pobre” queda resuelta bajo unas hipotéticas circunstancias en las que un individuo o familia exponen o dicen que viven, es decir, si una familia adinerada decide comprar una casa por un valor inferior al “nivel de pobreza” a un hijo, y éste se “independiza” o empadrona en dicho piso y no declara otros bienes y/o ingresos, el sistema igualitarista decide que es “pobre”. Pero, ¿es eso cierto y real? No.  Si una persona declara ganar 800€ pero luego realiza otros trabajos en negro obteniendo beneficios no declarados por valor de otros 800€, es decir, gana 1.600€, de cara al sistema igualitarista esta persona es “pobre” o se considera “pobre”. Una persona con una vivienda, que, con la inflación de años pasados, ahora tiene un valor de mercado mayor de 100.000€, el sistema decide que es “rica” y por tanto no merece dicha ayuda.

La verdadera Justicia no es igualitarista, por tanto, protege al débil frente a los abusos de poder. Es reparadora ya que pone en la balanza el daño potencial y el objeto reparador. Pero también es repartidora de bienes, sabe reconocer el mérito y apremia en correspondencia. Así pues, no necesita de parámetros preestablecidos sino atribuye a cada uno en función de su necesidad y aportación. Es un pleno equilibrio entre el tener y el necesitar. Y entiende la verdadera Justicia que la necesidad es plenamente individual ya que la vida y las circunstancias son propias de cada individuo. Así pues, apremia a quien más ofrece y quita a quien solo desea obtener sin aportar nada a cambio.

El fondo del problema moderno acerca de las injusticias, es que se fundamenta en el falso mito de la igualdad. El igualitarismo es la enfermedad, es el cáncer que ha infectado a todos los órganos vitales de un cuerpo ya moribundo. El igualitarismo ha traído injusticia, resentimiento y egoísmo a la sociedad.

La lucha del siglo XXI se reduce a: igualitarismo o Justicia.

Autor: Jaime M.

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