CONSUMISMO NAVIDEÑO Y SUS CONSECUENCIAS EN LOS ANIMALES.

Avenidas alumbradas desde el primer día de diciembre, con tonos y decoración propias de la Navidad. Grandes árboles de Navidad, llenos de bombillas multicolores, se empiezan a alzar en las ciudades. Papá Noel ya está llamando a la puerta, o más bien aporreándola, para que le hagamos caso y compremos cuanto antes nuestros regalos navideños. De lo contrario, significaría que no queremos lo suficiente a nuestros más allegados, o lo que es aún peor, que esperamos a que sean los Reyes Magos los que nos visiten la madrugada del seis de enero, en vez del rellenito, simpático y barbudo Santa Claus, que se anticipa, haciendo las delicias de los más impacientes.

Claro está que la Navidad se ha convertido en una excusa, una excusa para convertir el consumo en consumismo, una excusa para olvidar la tradición a golpe de luces y ‘papanoeles’. Podríamos pensar que mientras el consumismo coma por dentro a algunos, sin hacer daño a otros, no tiene nada de malo. Pero llegados a este punto de egoísmo individual en el que está sumida la sociedad moderna, este consumismo, sí puede llegar a hacer daño a terceros. Me estoy refiriendo a los animales. Las mafias que trafican con animales, harán su agosto por Navidad, como cada año.

Como sabemos, uno de los regalos preferidos por los niños en Navidad, es una mascota. Pues bien, ante la falta de sensibilidad de los mayores de la casa (que son los verdaderos responsables), son muchos los animales, en su mayoría perros, que son víctimas de este consumismo. Si, víctimas. Ante la insistencia del jovencito/a de la casa, acceden a comprar un encantador cachorro de perro, digno de anuncio, juguetón y cariñoso. En el momento de comprarlo, no ven una vida, ven un regalo. Aquí empieza el problema. Los regalos, como algo material, tienen un dueño. El supuesto dueño, el niño o niña, no tiene la conciencia suficientemente desarrollada (en muchos de los casos, ni siquiera los padres) como para considerar a este cachorro como un hermano, un miembro más de la familia. Es un juguete más. Uno de los tantos juguetes que recibe en Navidad, uno de los tantos juguetes que quedarán relegados al olvido después de haberlos usado durante un tiempo. El pequeño cachorro, desgraciadamente, en algunos casos, no será una excepción.
La maldita conducta del ‘usar y tirar’ traspasará la barrera de lo inerte, para atrapar entre sus podridos brazos a estos indefensos animales. Si bien, hay familias que compran un perro y lo consideran uno más de la familia, existen otras cuyo único fin es hacer callar de una vez al hijo o hija caprichoso de turno. No faltarán en los primeros días múltiples fotos entrañables en las redes sociales, anunciando que poseen un cachorro de perro, de la raza más exótica, mostrando sus sonrisas. A estos insensibles materialistas, les tornará la sonrisa en pereza y quebraderos de cabeza, cuando el cachorro empiece a crecer, ya no sea tan adorable, y llene de pelos la casa. Al niño, como he expuesto antes, ya se le habrán pasado las ganas de jugar con el juguete nuevo, y los padres se darán cuenta de que los dueños son ellos. El niño solo fue el dueño prometido.

Ante esta perspectiva, estas ‘personas’, desprovistas de amor y conciencia, toman una decisión. La decisión del canalla, del cobarde, del materialista. “Tenemos que desprendernos del perro”. Unos meses después de la Navidad, cuando se acerca el calor, y las vacaciones de verano asoman, son muchos los perros abandonados. Son los mismos cachorros que en Navidad fueron el centro de atención y de cariños de toda la familia. O eso pensaba el perro, que era su familia. Finalmente, tras no encontrar otra solución menos vil, la familia se deshace del animal, abandonándolo en cualquier lugar donde no puedan verles. “Abre la puerta del coche, sácalo y nos vamos”, se escucha mientras en la radio suena la canción del verano. Se acabó. El regalo, nunca fue considerado una vida, y como tal, tras usarlo, se tira.
El joven perro, animal noble y fiel por naturaleza, andará moviendo el rabo, comenzará a correr, pensando que es un juego. No. Se acabaron los juegos cuando creciste. Te tocó una familia de egoístas, de irresponsables, de inconscientes. Tu destino, si tienes fortuna y no te encuentras irremediablemente de frente con un coche a más de 100 kilómetros por hora mientras buscas algo que llevarte a la boca, será la perrera.

Tu vida habrá dado un cambio terrible. Las miradas de ternura que te fueron dirigidas, se convertirán en miradas de pena. Ahora ya no vales dinero, y solo un gesto de piedad y honra, te llevará de nuevo a una casa. Sin embargo, existe una luz en forma de personas, de verdad, distintos a tus antiguos dueños. Personas conscientes, que saben lo que es el amor, ya sea a su hijo a su mascota.

El indeseable que abandona un perro, abandona una vida dependiente, como la de un niño pequeño, y por lo tanto tendría que ser juzgado y penado, del mismo modo. Una vida de un perro también es una vida. Exijo penas ejemplares para estos miserables, infelices, insensibles, materialistas, que incluyen dentro de los objetos de ‘usar y tirar’ a los animales que un día acogieron en sus casas.
Piénsatelo bien antes de traer a casa un perro esta Navidad, no es un objeto, es una vida.

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