Dios ha muerto.

Dios ha muerto… y con él murió el arte. Y se convirtió en el pseudoarte, síntoma de los tiempos modernos que son el reflejo mismo de su obra. Se impuso la dictadura de la fealdad, la idiosincrasia de lo putrefacto. Lejos de sorprendernos veneramos que este arte abstracto y amoral sea fiel reflejo de la sociedad. Una sociedad cada vez más degradante y degenerativa cuyo no-arte sea dejar morir a un perro atado en mitad de un habitáculo o como el artista extremo Zu Yhu que en el año 2000 en Shanghai se comió un feto que previamente había cocinado en la parrilla. No ha de sorprendernos entonces que el arte abstracto o extremo se imponga al clásico o figurativo. Grecia y Roma, cuna de la civilización occidental, nos avasalló con auténticas obras de arte donde se alcanzaba la trascendencia, a imagen y semejanza de Dios. Grecia, ese pueblo de artistas, que llamaba Nieztsche. ¿Qué obra de arte será capaz de no sucumbir a los tiempos donde la deidad es el individuo mundano? Si el rostro es el espejo del alma que diría Quevedo este no-arte es el reflejo de esta sociedad. El arte moderno desprecia la belleza realista porque la belleza complica la obra. Es más sencillo dotar a la obra de un inútil de un concepto bonito que explique su inutilidad. Sin ánimo de parecer un libro de citas nuestra posición está clara según Evola: “Mantenerse en pie en un mundo en ruinas”

Dios ha muerto … y con él murió la tradición. Y su metafísica. La tradición del esfuerzo, del sacrificio y del honor. Valores agonizantes en el “Homo Europeaus”. Quizá tengamos que el eco de una copla. Donde la abuela al calor de la lumbre repetía una y otra vez: “Pobres pero honrados”. Mejor pobre de oro y rico de alma. Quizá tengamos que volver a las verdes praderas asturianas o a los campos rojo carmesí de Castilla. Se antoja más que necesario huir del ruido de las polis de acero y hormigón. declarémosle la guerra al altruismo impregnado de hedonismo y encontrémonos con nosotros mismos. Un simple ejercicio de espiritualidad. Volver a rezar al Dios de la guerra y escuchar el canto de un trovador. No mentimos si decimos que las actuales civitas viven de la tan denostada Edad Media. ¿es que acaso los turistas vienen a ver el Picasso o el museo de la ciencia? Vienen a deleitarse con esa arquitectura armoniosa que da sentido a los profano. Esas catedrales góticas, alcázares, monasterios mudéjares…mientras que esas mismas catedrales se construían en honor a Dios, se intercambiaron por rascacielos que pretenden sustituir a Dios desde donde se pueden divisar meros insectos caminando por las calles.

Dios ha muerto…. Y con él el espíritu. La hegemonía de lo sagrado se sustituyó por el imperio del nihilismo. La democracia se convirtió en plutocracia para sucumbir en cleptocracia (Y entonces Pilatos preguntó a la multitud: ¿A quién suelto? Y el pueblo aclamó: ¡A Barrabás, el ladrón!. Y dos milenios después el pueblo sigue eligiendo a ladrones) . El sentido de comunidad reviró en el sujeto individuo y el cieno enterró la consagración del alma. Nos sumergió en el sometimiento de placeres mundanos donde perdemos todo nuestro tiempo y dinero en saciar las necesidades del cuerpo terrenal mientra, sin dejar un mínimo hueco para saciar la sed del alma. Cercenó la identidad y la convirtió en globalización. Le dio pantalones sesgados a un patrón y un mercedes a un obrero. Difícil es distinguir por la calle la clase social a la que pertenecen los individuos. A todos los vemos bebiendo coca-cola y comiendo en el Mc Donalds. Dios en la tierra quieren ser,  pero… ¿Dónde se encuentra el honor? Quizá en las tumbas de nuestros ancestros hubiera de hallarla. Si nos quedamos solos, es que sobraban los demás.  La guerra ha comenzado , que comience en tu ciudad. Que bien lo demuestre el último párrafo del himno de la División Azul.

¡Para un mundo sombrío llevaremos el Sol

Para un cielo vacío llevamos a DIOS!

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