En recuerdo de las Termópilas

Sin saber a ciencia cierta si fue en agosto o septiembre, sí se puede afirmar que fue en el ocaso
de la estación estival del año 480 a.C. cuando el heroísmo europeo culminó uno de sus primeros
sacrificios en defensa de la propia cultura, consciente de su diferencia, y determinado a seguir
portando la misma a lo largo de la historia. La Batalla de las Termópilas fue un verdadero y
propio sacrificio. Según el historiador griego Heródoto, el ejército persa contaba con más de
150.000 hombres, por tan solo 5.000 griegos. A continuación, un extracto de la magnífica obra
de Steven Pressfield, ‘ Las puertas de fuego ’, en la que un soldado espartano, tras haber sido
capturado por el ejército persa, cuenta al rey Jerjes su experiencia al lado del rey Leónidas.
‹‹ Detrás del Muro, Leónidas volvió a situarse ante la asamblea. Tenía el tríceps del brazo
izquierdo cortado; pelearía con el escudo sujeto con cuero en el hombro. La actitud del rey
espartano, no obstante, solo podría describirse como alegre. Le brillaban los ojos y su voz
transmitía fuerza y autoridad.
— ¿Por qué permanecemos en este lugar? Habría que estar loco para no hacer esta pregunta. ¿Es
para alcanzar la gloria? Si fuera por esto solo, hermanos, creedme, yo sería el primero en darle la
espalda al enemigo y correr como alma que lleva el diablo por aquella colina.
Unas carcajadas recibieron estas palabras del rey. Dejó que los murmullos se acallaran y alzó el
brazo bueno para pedir silencio.
— Si nos hubiéramos retirado hoy de estas Puertas, hermanos, por muchos prodigios de valor
que hubiéramos realizado hasta ahora esta batalla se habría considerado una derrota. Una derrota
que habría confirmado en toda Grecia lo que el enemigo más desea que se crea: la inutilidad de
resistirse a los persas y a sus millones de hombres. Si hoy hubiéramos puesto a salvo el pellejo,
una a una las diferentes ciudades habrían cedido detrás de nosotros, hasta que toda la Hélade
hubiera caído.
Los hombres escuchaban con sobriedad, pues sabían que las declaraciones del rey reflejaban
exactamente la realidad.
— Pero si morimos aquí con honor, transformamos la derrota en victoria. Con nuestra vida
sembramos coraje en el corazón de nuestros aliados y los hermanos de nuestros ejércitos que han
quedado atrás. Ellos son los que producirán la victoria al final, no nosotros. Nunca estuvo en las
estrellas que fuéramos nosotros. Nuestro papel hoy es el que todos conocíamos cuando
abrazamos a nuestras esposas e hijos y emprendimos la marcha: resistir y morir. Eso juramos y
eso haremos.
El vientre del rey hizo ruidos, fuertes, a causa del hambre; de las primeras filas brotaron algunas
carcajadas que rompieron la seriedad de la asamblea y llegaron hasta las últimas. Leónidas
señaló con una sonrisa a los escuderos que preparaban pan y les dijo que lo dejaran.
— Nuestros hermanos aliados están camino de casa ahora. —El rey señaló hacia el camino que
conducía al sur de Grecia, a la seguridad—. Debemos cubrir su retirada; de lo contrario, la
caballería enemiga cruzará estas Puertas sin obstáculos y eliminará a nuestros camaradas antes
de que hayan recorrido quince kilómetros. Si podemos resistir unas horas más, nuestros
hermanos estarán a salvo.
Preguntó si alguno de los reunidos deseaba hablar. Alfeo dio un paso al frente.
—También tengo hambre, así que seré breve.
Avanzó, tímidamente, incómodo en su papel de portavoz. Me di cuenta por primera vez de que
su gemelo, Marón, no se encontraba entre las filas. Marón había muerto durante la noche, oí que
un hombre cuchicheaba, debido a las heridas sufridas el día anterior. Alfeo habló con sencillez y
deprisa, pues no estaba dotado con el don de la oratoria, pero habló con la sinceridad de su
corazón.

—En un solo aspecto los dioses han permitido a los mortales sobrepasarles. El hombre puede dar
lo que los dioses no pueden, todo lo que poseen: su vida. La mía la entrego con alegría, por ti,
que te has convertido en el hermano que ya no tengo.
Se volvió bruscamente y se fundió de nuevo entre las filas. Los hombres empezaron a llamar a
Ditirambo. El tespio dio un paso al frente con sus ojos brillantes de costumbre. Señaló hacia el
paso que quedaba detrás del desfiladero, adonde la avanzadilla de los persas ya había llegado y
empezaba a poner bajo vigilancia los principales puntos de reunión del ejército.
—¡Id allí —gritó— y divertíos!
Oscuras carcajadas interrumpieron la asamblea. Otros varios tespios hablaron. Fueron más
lacónicos que los espartanos. Cuando terminaron, Polínices avanzó hasta el claro.
—No es difícil para un hombre educado bajo las leyes de Licurgo ofrecer su vida por su país.
Para mí y para estos espartanos, todos los cuales tienen hijos vivos, y que han sabido desde la
niñez que éste era el final al que estaban destinados, es un acto de conclusión ante los dioses.
Se volvió solemnemente hacia los tespios y los ilotas y escuderos liberados.
—Pero para vosotros, hermanos y amigos… para vosotros que en el día de hoy veréis extinguidos
a todos…
La voz del corredor se quebró. Tosió para contener las lágrimas que acudían a sus ojos. Durante
largos momentos no pudo recuperar el habla. Señaló su escudo. Se lo pasaron. Lo exhibió en
alto.
—Este aspis era de mi padre y fue de su padre antes que suyo. Yo he jurado ante Dios morir
antes que permitir que otro hombre me lo arrebate de la mano.
Se acercó a las filas de los tespios, hasta un hombre, un oscuro guerrero cualquiera. Colocó el
escudo en manos del hombre, que lo aceptó, profundamente conmovido, y ofreció el suyo a
Polínices. Siguió otro, y otro, hasta veinte, treinta escudos cambiaron de manos. Otros
intercambiaron armadura y casco con los escuderos e ilotas liberados. Las capas negras de los
tespios y las escarlata de los lacedemonios se mezclaron hasta borrar toda distinción entre
naciones. ››
Sin más, este es nuestro humilde recuerdo de una jornada que, como tantas otras a lo largo de los siglos
en el suelo europeo, ha marcado la diferencia entre la dignidad y la sumisión, entre la supervivencia y la
sustitución. Hoy, sin embargo, la elección parece que está clara, demostrando el fuerte desarraigo que se
ha apoderado de los pueblos de Europa desde la segunda mitad del siglo XX. En una misión suicida se
han lanzado a ser felizmente sustituidos, haciendo un gran favor al capitalismo globalizador, ya sabedor
de que es la hora de convocar a su nuevo ejército de reserva, la inmigración masiva.

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