¡Mishima vive!

En el quinto aniversario del nacimiento de la Asociación Cultural OHKA, y a distancia de medio siglo del sacrificio de Yukio Mishima (25 de noviembre de 1970).
Hombre de mil facetas: novelista, ensayista, poeta, apasionado del kendo y del culturismo, así como fundador y líder de una pequeña milicia privada, o como él mismo gustaba de describir, el ejército más pequeño del mundo, la Tatenokai (Sociedad del Escudo).
La motivación de este artículo brota de una profunda identificación de nuestra comunidad con Mishima y con el Japón tradicional. Podríamos decir que esta remembranza es fruto de una motivación original, en el sentido más literal del término, pues ohka, palabra de origen japonés, significa flor de cerezo. Asimismo, la flor de cerezo forma parte del símbolo de nuestra asociación. Al igual que es costumbre japonesa reunirse para comer a la sombra de los cerezos, reivindicamos la necesidad del encuentro y la reunión militante en escenarios simbólicos, que porten consigo un valor comunitario y espiritual.
«Se deleitan en el florecer de los cerezos que para ellos no volverá… Se reúnen para cantar el viejo poema de Hasuda: ‘elevo la mirada a la luna, más allá de mi espada en alto, preguntándome cuándo sus rayos acariciarán mi cadáver’». (Yukio Mishima, Caballos desbocados). Esta flor, icono de Japón, podría ser una metáfora de la propia vida de Mishima, con su fugacidad, esplendor y belleza, así como un ideal o cosmovisión de la propia existencia que no se aferra a la vida a cualquier precio, sino que quiere hacer de la misma un poema. Tal fue el deseo de Mishima, expresado con estas mismas palabras. Una flor real que Mishima relaciona con la acción, ya que quedarse en la sola literatura hubiese sido, en su opinión, asemejarse a una flor sintética. A su vez, ohka es el nombre que adoptó un determinado avión japonés de la Segunda Guerra Mundial, que se caracterizaba porque una vez el joven piloto kamikaze subía a la cabina, esta era soldada, no permitiendo la vuelta atrás o el arrepentimiento. Una elección serena pero decidida, que no es fruto de la agitación, sino de la coherencia y la fe.
Perteneciente a otro tiempo y otra cultura, poseedor de unos valores eternos basados en el código del Bushido, Mishima encarna la figura del samurái, del servidor del emperador, del soldado de la Tradición.
En un Japón decadente, asolado ya por una moral materialista y con un sentimiento de culpa rápidamente inculcado tras la Segunda Guerra Mundial, Mishima se alza, batiéndose en favor del espíritu y del Japón
tradicional, del cual apenas queda algún resquicio tras la derrota bélica. Es por esto que encontramos en Mishima un ejemplo de Hombre, un estandarte de coherencia y milicia.
Pudiendo haber sido simplemente un intelectual más de su época, esclavo de esas palabras que él mismo considera elementos que corrompen la realidad, decide cultivar enérgicamente su cuerpo, considerándolo como un templo del espíritu, como una verdad en sí misma, el reflejo de una voluntad de acero templado al sol. Mishima entiende la vida como un camino entre la academia y el gimnasio, una dualidad recíprocamente necesaria, teoría y praxis, a fin de que el verbo no se ablande y corrompa la realidad, y de que la fuerza bruta no asfixie el genio que parte del conocimiento. Él mismo afirmará que «con la prosperidad económica, la mayor parte de los japoneses se han vuelto mercaderes y los bushi han sido olvidados y han desaparecido. La idea de arriesgar la vida misma por las propias convicciones está pasada de moda. El pensamiento se ha convertido en una defensa que asegura la incolumidad del cuerpo».
Samurái en época moderna, decide pasar a la acción con la creación de la Tatenokai, milicia privada de apenas cien miembros, sin armas, sin paga, sin demostraciones en público, pero «compuesta por personas enfocadas hacia los valores del espíritu, con músculos bien templados». En su última acción, serán cuatro miembros de la Tatenokai quienes le acompañen al cuartel general de Tokio del Comando Oriental de las Fuerzas de Autodefensa de Japón, lugar en el que tuvo lugar el seppuku, siguiendo el camino del guerrero japonés, pues como indica el Hagakure, “cuando hay dos caminos elige siempre aquel que lleva a la muerte”.
Una vida hecha una obra de arte, que en la Jornada del 12 de diciembre y en otras acciones más trataremos de hacer llegar al lector.

Después de cincuenta años, para algunos jóvenes europeos, Mishima vive.

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